Antes del confinamiento estaba un poco perdida. Mi vida era un bucle de emociones constantes, en el que si era feliz yo misma me saboteaba, como si no fuese merecedora de esa felicidad.
Cuando llegaba a la cima de la montaña me creía invencible pero de repente la realidad de mi tristeza me azotaba con fuerza y la caída en picado me sumergía en el más real y doloroso reencuentro conmigo misma.
Aparentaba estar bien. El estado en el que vivía, un día detrás de otro sin ninguna razón más que la de salir de cama y crear motivaciones falsas con las que no me sentía identificada, no era estar bien.
Es por eso, que en el momento en el que el mundo se paró, yo paré con él. En lugar de romperme, simplemente tuve un break, un descanso de mi misa, un respiro de la vida tan impersonal que me estaba consumiendo.
Decidí dejar que la rapidez del mundo, los influencers, sus vidas perfectas y sus miles de seguidores me hicieran sentir peor por no ser como ellos. Algunos han trabajado mucho para estar donde están, quizá otros sean solo un producto de la industria de las modas y el consumismo. Está bien, el mundo necesita un equilibrio y eso forma parte de ello, pero yo no. Así que, durante el confinamiento, me uní a mí y me desvincule de lo que no me hace sentir bien. Empecé a ver lo que sentía con perspectiva, de una manera muy sencilla, me preguntaba ¿Esto me hace feliz? Mis propias emociones me daban la respuesta.
¿Cómo hacerlo?
Aplique esta regla a personas, objetos, situaciones, trabajo y con todo lo que notaba alejado de mi esencia.
Baila, escribe, medita, haz ejercicio pero, sobretodo escucha música, deja que tus emociones, sentimientos, temores, todo lo que te quiebra, te paraliza y te impide ser la mejor versión de ti, se vaya con cada canción.
Esos son mis cinco consejos para septiembre.
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Como siempre, gracias por leerme.
W.
